El
periodismo ha seguido siempre una línea de acción acompañada de la literatura. La
frontera entre ambos no es de metal, sino permeable, porosa. De ninguna manera ambos
son el anverso y el reverso de una misma moneda. El periodismo es un género
literario. Eso pienso. Un género más, con otro carácter, otro temperamento. Por eso existen tantos nombres de escritores
periodistas, como de periodistas que escribieron ficción, como guijarros en una
playa. Sería ocioso enumerar a los escribas que han ejercido el periodismo
desde el inicio de los tiempos. Sin embargo, es necesario recordar esta frase
de uno de sus más entrañables tributarios, el escritor, poeta y periodista
polaco Ryszard Kapuscinski: "Creo que para ejercer el periodismo, ante
todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las
malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se
puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses,
sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde
el primer momento, en parte de su destino". Por eso,
a partir de la lectura de este libro, ejemplar, intenso, siento que su autor,
el poeta, narrador y periodista Luis Eduardo García, es un buen hombre, generoso
con sus lectores. Un escritor de prosa robusta y memoria incitante, con una pluma
que decanta las historias reales de todos los días de personajes universales, poetas, escritores, gente de la calle como todos, y que por ciertas, muchas
veces impactan menos que las convencionales, las ficticias, como sucede con las noticias de
los diarios, no obstante haber sido escritas por la posteridad y contadas en un
papel a condición de restarle esa ceremonia con la que está cargada mucha de
nuestra literatura, para otorgarles la fuerza que exigían.
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| Autor: Luis Eduardo García |
Luis
Eduardo García es un escritor que sabe contar historias. Un periodista
apasionado de la literatura. Un escritor que hace periodismo porque le
apasiona. Puede sonar paradójico que se le exija a un escritor hacer un uso
eficiente del lenguaje como de la construcción de la historia contada, como pedirle
a un arquitecto la edificación de un techo parroquial y censurar su eficiencia. Por qué no. A un escritor también se le exige el uso justo de la palabra, con un estilo y
un universo propios. Y no solo eso, sino que tenga un elaborado constructo artístico
de la palabra justa en estos tiempos donde todo peca de ser inmediato, vertiginoso,
una maratón de hacer muchas cosas a la vez y rápido a riesgo de hacerlas mal o a medias, una
carrera apresurada del ejercicio de la vida y de la palabra que nos ha impuesto
este sistema pragmático de hacer dinero y obviar el placer, y donde pareciera ser que la sed de reconocimiento literario
habitara en el genoma de los falsos escritores y les conminara a escribir sin
detenerse en el placer que esto significa: hacerlo con paciencia, como quien saborea
un exquisito manjar, para intentar deleitar a sus
lectores ávidos de cuentos fáciles y novelitas sórdidas a través de una prosa
repujada o en apariencia bien trabajada. Por eso las historias que Luis Eduardo
García nos ofrece en este libro, más que contarnos hechos reales de personajes
reales, es un estímulo muy vivo sobre el arte de ejercitar la palabra otorgándole
la fuerza y la poesía a la vida real que tanto va perdiendo en el camino.
La editorial Summa, del infatigable, gran poeta, estupendo narrador y mejor amigo, Harold Alva, hace goles fuera de los campeonatos de las grandes y mediáticas editoriales. Y basta con la publicación de libros excelentes como Tan frágil manjar, para que los lectores se lo agradezcamos siempre.
