miércoles, 10 de junio de 2015

UN LIBRO MANJAR, DE LUIS EDUARDO GARCÍA

El periodismo ha seguido siempre una línea de acción acompañada de la literatura. La frontera entre ambos no es de metal, sino permeable, porosa. De ninguna manera ambos son el anverso y el reverso de una misma moneda. El periodismo es un género literario. Eso pienso. Un género más, con otro carácter, otro temperamento. Por eso existen tantos nombres de escritores periodistas, como de periodistas que escribieron ficción, como guijarros en una playa. Sería ocioso enumerar a los escribas que han ejercido el periodismo desde el inicio de los tiempos. Sin embargo, es necesario recordar esta frase de uno de sus más entrañables tributarios, el escritor, poeta y periodista polaco Ryszard Kapuscinski: "Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino". Por eso, a partir de la lectura de este libro, ejemplar, intenso, siento que su autor, el poeta, narrador y periodista Luis Eduardo García, es un buen hombre, generoso con sus lectores. Un escritor de prosa robusta y memoria incitante, con una pluma que decanta las historias reales de todos los días de personajes universales, poetas, escritores, gente de la calle como todos, y que por ciertas, muchas veces impactan menos que las convencionales, las ficticias, como sucede con las noticias de los diarios, no obstante haber sido escritas por la posteridad y contadas en un papel a condición de restarle esa ceremonia con la que está cargada mucha de nuestra literatura, para otorgarles la fuerza que exigían.

Autor: Luis Eduardo García
Luis Eduardo García es un escritor que sabe contar historias. Un periodista apasionado de la literatura. Un escritor que hace periodismo porque le apasiona. Puede sonar paradójico que se le exija a un escritor hacer un uso eficiente del lenguaje como de la construcción de la historia contada, como pedirle a un arquitecto la edificación de un techo parroquial y censurar su eficiencia. Por qué no. A un escritor también se le exige el uso justo de la palabra, con un estilo y un universo propios. Y no solo eso, sino que tenga un elaborado constructo artístico de la palabra justa en estos tiempos donde todo peca de ser inmediato, vertiginoso, una maratón de hacer muchas cosas a la vez y rápido a riesgo de hacerlas mal o a medias, una carrera apresurada del ejercicio de la vida y de la palabra que nos ha impuesto este sistema pragmático de hacer dinero y obviar el placer, y donde pareciera ser que la sed de reconocimiento literario habitara en el genoma de los falsos escritores y les conminara a escribir sin detenerse en el placer que esto significa: hacerlo con paciencia, como quien saborea un exquisito manjar, para intentar deleitar a sus lectores ávidos de cuentos fáciles y novelitas sórdidas a través de una prosa repujada o en apariencia bien trabajada. Por eso las historias que Luis Eduardo García nos ofrece en este libro, más que contarnos hechos reales de personajes reales, es un estímulo muy vivo sobre el arte de ejercitar la palabra otorgándole la fuerza y la poesía a la vida real que tanto va perdiendo en el camino. 

La editorial Summa, del infatigable, gran poeta, estupendo narrador y mejor amigo, Harold Alva, hace goles fuera de los campeonatos de las grandes y mediáticas editoriales. Y basta con la publicación de libros excelentes como Tan frágil manjar, para que los lectores se lo agradezcamos siempre.