jueves, 20 de noviembre de 2014

Campos de batalla o escenarios de la soledad y de la muerte



Carlos de la Torre Paredes (Lima, 1988) inicia su novela Campos de batalla (Altazor, 2013) en un escenario doméstico, aunque más precisamente en una vivienda rural, con elementos de la literatura fantástica y hasta del terror o el suspenso. El guerrero Iván llega a la casa paterna en condiciones extrañas, pues su regreso se da luego de que líneas atrás una voz misteriosa arrastrada por el viento anunciara la fatídica noticia de su muerte a su anciana madre. Esta extraña aparición en el inicio de la novela inyecta de suspenso al lector sin desprenderse de él hasta la última página.
El padre de Iván, gravemente enfermo, resiste sin dignidad a la muerte y encarna la herida abierta de toda la novela a través de los quejidos de dolor que lanza desde su cama de enfermo. A partir de aquí vemos que Iván se parece más a la sombra de un hombre débil que a un guerrero maltrecho. Su madre asiste a su esposo casi con una dedicación poco honesta, en medio de la oscuridad del ambiente y las noticias nefastas que trae Iván de la batalla. En este escenario, el personaje nos relata una historia que se sostiene en las matanzas y otras violencias que depara la guerra, contribuyendo a interiorizar esa sensación de espanto que genera en el lector los hechos narrados con una prosa veloz mencionando (con no poca insistencia) las disputas, crímenes, muertes, robos, violaciones, etc., que abundan en sus páginas.

Los hechos descritos por el personaje nos devuelve a nuestra conciencia la gravedad del peso de la guerra en conjunto, esa ambición por demorar la muerte atribuyéndola en la carne del enemigo sin remordimiento alguno. Todo lo anterior, en la voz del personaje, denota el poco ánimo que éste experimenta por demostrar en el consuelo de su palabra el éxito de su escape de la muerte y, más bien, transmite el duelo por tan dolorosa experiencia sufrida. La narración no decae en ningún momento, ni aun cuando la exigencia a comprimir los hechos le hubiera tentado a su autor a arriesgar la estructura lineal de los mismos rompiendo abruptamente la velocidad de la prosa para desbaratar esa forma tan paciente que su pluma ha conseguido, el de encarar el dolor de la guerra en sus personajes que, por otro lado, parecen por momentos no temer a la muerte que les ronda y más bien parecen sujetos indignamente a seguir sobreviviendo sin la intención de hacerlo. El peso de la narración radica justamente aquí, pues la narrativa rápida de Carlos de La Torre llega atropellando vertiginosa en sus páginas finales sin forzar la narración. Incluso el autor se permite algunas reflexiones que consideramos luminosas: “Tal vez no sepan, pero una de las peores cosas de una batalla es el ruido (…) ese ruido se hacía cada vez más personal, parecía que solo estaba en mi cabeza” (pg. 23).
 
Autor Carlos de la Torre Paredes
La novela nos muestra estos dos espejos de un conflicto. Por un lado, la batalla como escenario y acción, y por otro el trasfondo que nos dicta la prosa afilada de Carlos para quien la batalla no es la capacidad de lucha por el éxito sino el síntoma más grave de eliminar sin dudar al enemigo cuidándose las espaldas para no perecer en el campo de batalla como una liebre en un entrenamiento de galgos.

Por todo esto, la guerra se resume como la inevitable pérdida de nuestras identidades y solo sirve sobrevivir a ella tomando todo como perdido. La guerra afianza la sensibilidad del egoísmo, del rencor y de la individualidad aún cuando sobreviva el recuerdo de ésta en la piel y deba pesar, por el contrario, la búsqueda de la felicidad como modelo optimista de reconciliación con la existencia. Toda guerra contamina. Toda batalla sucede en un escenario íntimo que encapsula el corazón del combatiente y enferma el alma del guerrero. Por eso, si bien las guerras se sostienen del fragor y alguna oscura pasión del guerrero, también puede volverlos esquizofrénicos y con apetito de apropiarse de la soledad de la mano con la locura.

Cada línea del relato nos transmite esa tensión del deterioro que asigna la realidad de la muerte en los personajes mismos. Este libro nos demuestra que las emociones nefastas de la batalla son resonantes en la vida de aquellos que se involucraron con ella hasta impregnársele en las actitudes y, antes, en los pensamientos un vigor nada saludable: la escasa valoración de amor al individuo y un cierto adormecimiento en el ánimo del corazón.

Finalmente, el lenguaje avanza sin pausas, rauda, vertiginosa, aunque en ella también exista una tregua para la reflexión de aquello que menciona Carlos en su novela: “Es difícil de explicar, pero me sentí más poderoso al pensar que ya no tenía esperanza” (pg. 24). Esta sensación aparente de poder que genera la ausencia de esperanza en un hombre para quien la lucha se reduce a un salpicón de gente muerta a su alrededor y el recuerdo de sus padres a la distancia (aunque con más voluntad criminal en sus hechos que en la lucha contra el mal -Viorte-) decide su vocación de desesperanza. Por esto resulta sorprendente que el talento de este joven autor en esta, su segunda novela, se manifieste sin obstáculos y sin comprometer a su historia aún cuando parezca apiñada en pocas páginas -78 pp. Esto demuestra la capacidad de buen oficio que se manifiesta en su trabajo y sugiere su madurez literaria.

En conclusión, lo que prevalece más allá de la historia misma, es el lenguaje y los estupendos momentos que nos ha dejado la lectura de este libro de limpia factura. Sobre lo demás, es necesario que el lector lo descubra por cuenta propia. Solo me queda expresar mi alegría por esta extraordinaria pluma de uno de nuestros escritores jóvenes más comprometidos con el género fantástico.


Carlos de la Torre Paredes
Campos de batalla

Lima, Altazor, 2013

viernes, 14 de noviembre de 2014

Los fantasmas de nuestro fútbol



En esta nueva propuesta literaria, el escritor piurano Dimas Arrieta Espinoza (El Faique, 1964) nos ofrece una novela sobre cuya zanja se levanta a su vez la memoria de una de las tragedias más significativas, y sin embargo poco recordadas en el Perú: el drama que vivió el deporte peruano la fatídica tarde del 24 de mayo de 1964, justo el mismo año en que naciera nuestro autor en Huancabamba, Piura; esto es la muerte de más de 300 personas en el Estadio Nacional en el encuentro entre las selecciones juveniles de fútbol de Perú y Argentina.

En nuestra literatura, los eventos reales superan en muchos casos la imaginación frondosa que ostentan muchos de nuestros escritores, de ahí que el país, tierra de tradiciones vigentes aunque con un presente donde late la amnesia y el imperdonable olvido, responda con creces a esa idea nunca prosaica de que la realidad supera a la ficción.

Este hecho real -la muerte de los hinchas nacionales- es para algunos escritores de inquietud exquisita como Dimas Arrieta, una oportunidad de hacer de un hecho de heridas abiertas una obra literaria con los elementos propios que le da su formación y los matices que le proporciona su temperamento, atado con las interrogantes, la especulación y por supuesto la fantasía desmedida que se permite; aunque sin descuidar el carácter verosímil de la misma.

"Negro Bomba"
Hace ya más de 30 años, el escritor Jorge Salazar publicó la novela La ópera de los fantasmas (Mosca azul ed., 1980) con resultados positivos: contextualizar los episodios de esta catástrofe con un panorama social que abarcaba los medios de comunicación masivos como la radio, la televisión, los diarios, y el gobierno, la política internacional, las ideologías de los años sesenta, en fin.

Dimas cumple y con creces con una propuesta inicial de involucrarnos en el desastre a partir del drama de muchas personas encarnada en el gasfitero Falla, un piurano tanto o más piurano que la chicha, partiendo desde su origen en Piura, su formación en la capital, su desempeño en el trabajo en el coloso de José Díaz y su posterior muerte rodeado del misterio que transita en la trama de este libro.

Entre ambas novelas existe un punto en común más allá del germen innegable: el lenguaje permite sumar a la dimensión de una historia cuyos perfiles se ciñen en apariencia a esa tarde fatídica, un prospecto de personajes y situaciones que dan peso a la historia que se cuenta, esto es, permite alimentar a su propuesta inicial con un universo de historias que confluyen en la muerte de los hinchas y en dar respuesta a preguntas que nos hemos hecho (nos seguimos haciendo) los hinchas frente a las caídas dolorosas de nuestro balompié.

Autor Dimas Arrieta Espinoza
La historia que nos ofrece Dimas Arrieta sigue un curso trepidante de hechos y recuerdos que desencadenará en un fluyente terrorífico con un final desgarrador como misterioso, y de una sentencia que estremecerá  hasta a sus más advertidos lectores, algo que no puedo evitar mencionarlo: los fracasos de nuestro fútbol deben, y mucho, a la presencia de estos fantasmas que se niegan a abandonar el lugar donde cientos de seres humanos perdieron la vida; de ahí que la presencia de chamanes, brujos, curanderos, espiritistas dentro y fuera del estadio en jornadas deportivas no es solo una galería de elementos fantásticos y acciones recónditas que tienen como propósito convocar a curiosos y extraños; sino que elementos inasibles como la muerte, como el misterio, la derrota y el fracaso nacional se explican con los mismos ingredientes y las mismas propuestas que se tributan en la hechicería y en las prácticas de una tradición robusta de creencias populares que recrean el imaginario de sus gentes y la naturaleza de sus ancestros, y eso es lo que hace Dimas Arrieta con su palabra magistral y su imaginación eficaz, un enjambre de personajes y prácticas ancestrales que nos da cuenta de su condición de escritor: ser la pluma de su pueblo, y consigue con este su primer propósito, acaso el más importante: contarnos una historia fascinante que a su vez nos entretenga y nos aturda, y el de involucrarnos con aquellos hechos que enlutó la vida de cientos de familias y marcó una signatura pendiente para la justicia en la posteridad: que la ira del pueblo es la ira de Dios y que si algo la reprime o busque su anulación, la historia lo condenará o la memoria de muchos buscarán que no se lo absuelvan.

Finalmente, debemos enfatizar que nuestro fútbol -esto parece ser así- haya sido víctima de esta triste condena traducida en partidos mal encarados y sueños desde hace tiempo nunca resueltos, y nuestra literatura nos lo devuelva nuevamente (debemos decir, felizmente) para aligerar el peso del dolor y tomar las cosas deportivamente. Aunque bien sabemos que la vida no es un deporte y la muerte, en definitiva, resulta siendo una maratón de actores maltrechos y poco convincentes de tocar su cinto de llegada.

Los fantasmas del Estadio Nacional 
Dimas Arrieta Espinoza
Editorial Summa, 2013

domingo, 9 de noviembre de 2014

El infierno tiene quien le escriba


Este conjunto de relatos anticipa desde el título la intención poética de su autor y confirma su decidida vocación por imponer en su literatura esa exploración a los afectos más oscuros de sus personajes, hombres para quienes la tendencia al desarraigo y la soledad es un padecimiento cotidiano, y mujeres a los que esto parece importarle poco o nada. Los personajes de los cuentos que reúne El infierno está lleno de memoria (Kovak editores, 2014) renuncian a la obtención de alguna forma de felicidad, y es a través de esta crónica de la infelicidad, afectada por la poesía y el derrumbe anímico, que nos contará el duelo de un amor frustrado y la pérdida de la esperanza llevándolos a la ruina en la forma de un monólogo asistido por la angustia aunque también por algún motivo estético.

Los personajes de Charly Martínez Toledo (Lima, 1984) parecen engullidos por esa zozobra que ni los placeres de la calle ni la estimulación de sus acciones -aquellas que se reducen a esperar, soñar, odiar y, hasta acaso, a anticipar algún infortunio-, consiguen recomponer  su ánimo (por otro lado afligido por un oscuro recuerdo o una proyección nefasta que se manifiesta en su voz narrativa), y nos hace partícipe de sus dolores físicos como de sus pequeños goces. La rabia se apodera de ellos, la desilusión los amilana y la violencia por quebrantar esos dolores profundos e impuestos por alguna secreta insatisfacción, se manifiesta en la expulsión a gritos de sus padeceres habituales como de sus no menos gloriosas derrotas. El deseo por desterrar aquello que le impide la calma y el oxígeno a su cuerpo se expresa en la narración desde las primeras páginas a través de la declaración de su autor al confiarle al lector las fuertes referencias personales habidas en sus cuentos. Surge de pronto en éste la necesidad de ver en los protagonistas (todos hombres, casi todos artistas), la emergencia por imponer en su interior de una aptitud paciente para poder sobrevivir, una fuerza de voluntad sustraída de la realidad, como sucede en el autor de los cuentos, para quien la literatura significa el oxígeno de su existencia vivida en medio de importantes ruinas.

Así, Martínez Toledo ensaya el apogeo de ese dolor y el abandono inevitable de algunas de las pocas esperanzas con que cuentan sus personajes, no solo desde un deseo abandonado sino también desde un fracaso irrenunciable, instalado en algún recóndito deseo de los mismos, aunque en ellos se mantenga esa aspiración no lograda como es el amor de pareja o la felicidad aspirante de amar a una mujer que nos produzca felicidad antes que la constatación del infierno en la piel.

No obstante lo anterior, la prosa de Martínez se mantiene aquietada por la reflexión y alguna otra pequeña tregua a la asfixia cotidiana; una narración algunas veces exaltada, otras reposada, sin graves irrupciones, convertida en un afluente de lirismo que roza con la confesión devota por una imagen a cuyos pies le tributa sus más esenciales secretos.

Al contrario de lo que se pueda pensar, pese a la agria percepción en la existencia de sus protagonistas, sus cuentos conservan una frescura que nos remite a una literatura poética suscrita por el amor y la naturaleza melancólica de sus personajes, pues no todo es infierno en estas páginas (aunque sí se sostengan en la memoria). Ha sido una sorpresa encontrar en estos cuentos brevísimos alusiones a una confesión de parte como terapia para exorcizados.

Su autor, un hombre de libros y de calle, nos propone la alegoría del infierno como un lugar óptimo para quemar las velas y abandonar el remo, a sabiendas que eso estimula su obra. Ese infierno en el que la memoria, la nuestra, se mantiene despierta y aquel que aviva nuestra vocación al recuerdo. De ahí que eso de que el infierno tiene memoria ya lo había escrito Ray Loriga: "Es el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio."

viernes, 7 de noviembre de 2014

El cielo de Lima desde un escritorio al otro lado del Atlántico



El cielo de Lima (Salto de página, 2014)
Una de las historias literarias más entrañables que se recuerde de las muchas que abundan en las páginas de la Historia universal de los amores no concluidos, son las correspondencias entre un poeta español y su "lectora" limeña Georgina Hübner; aquella que repercutió en su momento, y hoy se vigoriza con la aparición de una novela de más de 300 páginas protagonizada por Juan Ramón Jiménez y dos poetas peruanos entre dos orillas a inicios del siglo XX.

Esta historia de viajes no resueltos, de correspondencias a distancia y mensajes nómades y apasionados -en donde abundaban las declaraciones de amor y las aspiraciones literarias-, ha sido la excusa perfecta para que el escritor Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) escriba su novela y reconstruya esta historia real con un oficio y una elegancia que traduce su paciente labor de fabulador de historias y de investigador nato. Su novela es un examen a la historia del fallido "idilio" en la que participaron, estrictamente, estos tres personajes a través de un puñado de cartas que contenían flirteos amorosos y falsas confesiones, además de ingenuos poemas de amor y otras invenciones no menos reales que involucraron a dos ciudades lejanas y ajenas, como dos espectros que se miran de frente aunque a distancia.

El escritor español Juan Gómez Bárcena ha publicado la novela El cielo de Lima(Salto de Página, 2014) allá en España, lejos del cielo de Lima, y quizá pensando en el cielo de Lima, ese mismo que miraron estos dos jovencitos poetas cuando escribieron sus cartas, y el mismo que para el poeta de Moguer guardó el reposo del alma de la hermosa Georgina.

La historia cuenta aquella anécdota literaria de correspondencias ciegas entre Carlos Rodríguez Hübner y José Gálvez Barrenechea y uno de los más importantes poetas españoles, futuro premio Nobel (1956), Juan Ramón Jiménez, desde Lima hasta el otro lado del Atlántico. Sin embargo, es Georgina Hübner la "auténtica protagonista ausente" de esta historia. Es importante saber que aquellas novelas que aspirábamos leer algún día, las haya escrito un autor con el oficio y la imaginación de Juan Gómez Bárcena, un narrador con un dominio extraordinario de la prosa literaria, con el rigor en la elección del lenguaje sin imponerle a éste acrobacias metaliterarias, y dueño de una poderosa invención que organiza el mundo desde su escritorio, el mismo que brota del libro como una humareda.

Autor Juan Gómez Bárcena

El joven autor español no ahorra tinta ni imaginación para extender esta historia que en apariencia se reduce solo a dos jovencitos limeños, aspirantes a poetas y aspirantes también a la posesión de un libro del español, Tristes arias, 1902cuya poesía en ese momento merecía los aplausos de los lectores de toda Hispanoamérica. No, no se reduce solo a eso, sino a un escenario mucho más amplio, y cuyo universo se verá alimentado por otras historias y otros espacios no menos interesantes.

Nuestro escritor domina el lenguaje castizo como las jergas limeñas y exige a su fantasía a escabullirse en aquello que nadie conoce y que acaso nadie hubiera reparado, honrando la historia al contarnos el trasfondo de ambos aspirantes a poetas en sus noches de bohemia en una ciudad tan triste como el duelo a un amor a distancia. La novela, así, gana en peso y en gravedad, si entendemos a esta última como la capacidad de mantener a tierra los sentimientos con una vocación humana de soñar bajo la única condición de seguir existiendo. La novela no es un pretexto para regodear la pluma contando aquello que ya está contado por los historiadores de la literatura o por los arqueólogos de la vida romántica de nuestros escritores. Supera largamente eso, pues nos propone las circunstancias de esas mensajerías y la naturaleza personal de sus escribidores, además de hacernos saber de sus dudas, sus inicios sexuales, sus miedos e inseguridades y sus no pocos anhelos que se verán confrontados con la decisión del poeta de Moguer de viajar a Lima para conocer a la "autora" de estas cartas animado por su enfermizo enamoramiento. En resumen, un poeta que asistía al otro lado del balcón enamorado de las cartas "escritas" por la joven y hermosa dama limeña, respondiéndole, maravillado, por el deseo de poseer esa mano con la que escribía esas cartas que leía y besar esos labios que se le antojaba exquisitos.

Juan Gómez Bárcena no es escritor de distancias cortas. Su novela nos sumerge en una historia tan apasionante como un viaje en barco sobre las aguas calmosas, como tempestuosas, de un océano de historias, y por momentos entre vaivenes que sirven como pausas al lector sin desprenderse de la trama, entre la luz que surge desde el poniente de Lima o la oscuridad que oculta el mar de España. La historia se traslada entre estos dos continentes a través del Atlántico como un barco cuyo destino persigue el vuelo de un ave indeciso, entre una orilla a otra. Va y viene, llevando y trayendo recados, aquellos donde se filtran historias de amor, por un lado, y por el otro una calumnia tan grande como el océano que los lleva; dos espejos enfrentados en una oscuridad dominante que acaso impide el descubrimiento del embuste mientras la ingenuidad del poeta español y su decidida pasión crecen; pasión, nada menos, que de un hombre nacido en Moguer -y en esos momentos leído y admirado en muchas partes del mundo- enfrentado a dos jovencitos con muchas dudas sobre su capacidad de escribir, y que, no obstante, consiguen con su pluma embaucar a uno de los más extraordinarios fabuladores de su tiempo. La historia así gana puntos. No es una novela fácil, no es una novela inmediatista, no es una novela sencilla en el sentido que su redacción no fue cosa de perseguir el vuelo de una paloma herida. En ella abundan referencias culturales peruanas, productos como el pisco, la chicha; referencias muy bien anotadas como el Callao, La Punta, Miraflores; alusiones a personajes de la Historia nacional; además de una perfecta contextualización de los escenarios limeños y los pensamientos e imaginarios que asistían a las determinaciones de los hombres y mujeres en el Perú de inicios del siglo pasado.

Juan Ramón Jiménez
La novela desafía la ausencia de detalles reales que existe en el trasfondo de esta historia y supera los vacíos documentales en torno a ella. La Lima de inicios del siglo XX nos muestra un escenario donde las mujeres (algunas disolutas y muchas seductoras) son las grandes protagonistas de la novela, encarnadas en Georgina Hübner; junto a ellas desfilan por sus páginas, aunque velozmente,  los caudillos, los escribanos, algunos políticos, los estibadores, todos infectados por la corrupción de la época en todos sus niveles. Así, la aspiración de ambos personajes de escribir con la misma gloria que cubre la figura de Juan Ramón Jiménez sufre una marea que estalla en la orilla de la vida cotidiana de ambos escribidores. Y Juan Gómez Bárcena lo hace con una prosa elegante y clásica. Su narrativa nos recuerda al mejor Unamuno -de Niebla-, aunque la poesía también se imponga en ella sin precipitar el lenguaje en una exposición injustificada de palabras "sublimes".

La naturaleza de los textos se estrechan muy bien con las expectativas del lector, pues los pequeños capítulos se ensamblan de tal manera que el libro se organiza perfectamente en función a la presencia ausente de Georgina, quien, efectivamente, parece transitar entre sus páginas como un fantasma inasible. Debo confesar que no fue difícil "enamorarse" de esta ficción de mujer. No fue fácil desprenderse del deseo de saber más de ella y tocar su rostro entre las líneas de esta sugestiva novela. Y esto es el misterio de la novela. Un misterio que se convertirá en secreto.
                                                      
Nos alegra la aparición de esta magnífica novela, y las agallas de su autor de asumir el desafío con un resultado exitoso. Juan Gómez Bárcena (sin demagogia en esto y sin ánimo de adular su oficio), se convierte en uno de los mejores representantes de la joven narrativa española. Y sin duda, en uno de los más celebrados escritores en nuestro idioma. Muy merecida entonces la beca de la Fundación BBVA para la redacción de su próximo proyecto, que festejo desde aquí con una espumosa chicha blanca o con una mulita de pisco. Y suscribo lo que escribí en otra oportunidad: sin proponérselo, Juan Gómez Bárcena ha escrito la mejor novela peruana con la firma de un autor extranjero.



jueves, 6 de noviembre de 2014

Ella, una asfixia entre paréntesis




Jennifer Thorndike (Lima, 1983) nos conduce por una historia cuyo interés reside en el desasosiego y el la nula esperanza que abarca la narración hasta desbordar en el ánimo del lector.

A través del relato que nos ofrece su protagonista, la novela nos remite al síntoma enfermo de un hipocondriaco, pues el universo de la casa donde ésta vive, parece inundando de otras enfermedades que irrumpen en la condición anímica de la mujer y la obligan a manifestar su dolor. Esta historia (en apariencia reducida a dos mujeres), sufre la alteración de los sentimientos, y es aquí donde se contaminan los afectos, signada además por un desenlace estremecedor: no hay pasado que se olvide, sino que éste se reconstruye hasta contaminar el presente. 

La fragmentación del relato se vincula a esa relación fracturada entre madre e hija; en este caso una mujer para quien los atributos más próximos que puede encontrar en su madre es esa enfermedad que, a pesar de las consecuencias nefastas que le produce (como sus neurosis y sus arrebatos insanos) parece vitalizar su existencia, ya que la vejez que arquea su vida se le va de las manos hasta rozar dolorosamente el siglo, muy a pesar de la protagonista que no es precisamente una jovencita (tiene más de sesenta años). Frente a esta muerte tan anhelada, la hija ve demorar lentamente su vida subyugada por el sufrimiento y la nula esperanza de acariciar por fin la calma de una existencia pugnada por la violencia y la rabia de tener una progenitora con más demonios en la cabeza que virtudes en los gestos. La novela relata esa relación difícil aquejada también por los miedos de quien nos cuenta su historia, y que se manifiesta en cada capítulo remitiéndonos a sentimientos nocivos como el odio, el resentimiento y esa suerte de maldición que lanza su protagonista entre líneas. 

En alguna entrevista su autora confesó que cada vez que culminaba la redacción de cada capítulo, terminaba exhausta. Lo mismo experimenta el lector, pues hay una sensación de dolor, de agotamiento, de una obsesiva impresión de que el infierno brota de sus páginas como una humareda rancia hasta quitarnos el oxígeno. La narración está cargada por esa sensación de malestar, de insolencia, de rabia, además de una certeza de que la vida podría ser mejor si la anciana enferma se va al infierno de una buena vez. La huida del hermano de casa, además, vendría acompañada de la sevicia en el trato que la madre impone a su hija para hacerla pagar una culpa que le atribuye gratuitamente. En suma, una familia descompuesta, retorcida, donde lo que destaca es la aspiración de la hija a que su madre se muera, y de ésta de devolver un daño a sus hijos haciéndoles padecer el sufrimiento que la domina. Así, ambos, criaturas del dolor contemporáneo, usando una frase de Ricardo Vírhuez, se convertirán en herederos del dolor y víctimas heroicas de sus delirios. 

La madre desbarata todo intento de su hija por cobrar un esfuerzo para la superación de sus miedos a partir de sus intentos de fuga. Sin embargo ella, la madre, se llevará consigo la paz definitiva de una guerra absurda, como si arrancara un geranio de una maceta. Al final el último héroe vivo, acaso, sea el lector quien sobrevive a esta novela genial escrita con un dolor poderoso como contundente. Esta novela se quedará entre nosotros para alojarse en nuestra memoria como una presencia física punzante como invasiva.

AUSTIN, TEXAS, 1979


Pocas novelas de nuestro tiempo como Austin, Texas 1979 (Animal de invierno, 2014), nos cuenta de manera efectiva la sensación de desplome que experimenta un hombre en medio de una crisis existencial, y contada con el riesgo que asumen pocos de nuestros escritores componiendo una novela cuya complejidad reside en la disposición de los textos y en su propuesta verbal, fluida y bien elaborada, pues la novela traza una secuencia de historias atroces con presencias dispuestas al padecimiento contada con párrafos muy bien construidos y articulada por una estructura que no solo es funcional al equilibrio del libro, sino que lo sustenta. La misma que nos permite a los lectores orientar la lectura hacia el eje de la historia.

Francisco Ángeles (Lima, 1977) nos presenta una novela breve dividida en tres partes, cada una de las cuales apunta a una historia que en conjunto revela una representación dramática del universo de los personajes, sobre todo el de Pablo, joven escritor para quien el entusiasmo de un futuro es un asunto pendiente, y más un deseo perentorio que un objetivo cercano:

"Quizá pensaba en esa esquiva idea de futuro que tiene la gente a partir de cierta edad, en el futuro como un espacio aparentemente cerrado, aparentemente impenetrable, al que se mira sin embargo con cierta esperanza, buscándole una grieta, un resquicio por el cual meter la mano, arañar con el dedo, atisbar un poco el interior".

Desde el inicio, reconocemos la voz del narrador proponiéndonos entre líneas ser sus cómplices para contarnos su drama conyugal y el sufrimiento que esto le ocasiona, desplome que lo lleva a tratarse con un psiquiatra para resolver sus desequilibrios anímicos:

"El invierno de 2007, unos meses después de separarme de Emilia, empecé a ir al psiquiatra. No sería preciso decir que la separación fue el origen de mis problemas, en todo caso no la separación por sí misma, sino que no conseguía acostumbrarme a la ausencia de una persona que compartiera conmigo el fracaso que, a partir de cierto momento, dominaba mi vida". 

Aquí el autor nos demuestra su dominio de sus propios recursos expresivos al maniobrar con acierto los elementos estilísticos de una novela, sin dejarse vencer por la trama, pues aun cuando ésta contenga referencias ligeramente políticas (como en la segunda parte del libro), o aquellas que tienen graves referencias a la depresión del personaje, el hilo de la narración nunca se ajusta a ningún tipo de denuncia ni siquiera para recibir una "palmada de hombro" del lector, ese estilo autocompasivo usado por muchos autores, y que no se advierte en el lenguaje de los personajes, ni en la voz del narrador en primera persona o la del padre en la segunda, menos en la evocación doliente del primero por rememorar un pasado que recorre casi todo el libro como un aliento áspero y asfixiante sin que éste se agote o decaiga en ningún momento. Así, el personaje Pablo nos confía su historia sin manipularla a su favor; no intenta sustraer de su discurso la sinceridad con el propósito de conmoverse de sí mismo para forzar nuestro ánimo. Francisco posee una voz veraz que presta a su personaje para que éste destaje de manera sencilla y suelta los nudos de una vida aquejada por el abandono amoroso y la inexistencia de alguna propuesta que le depare algún éxito de superación en el futuro antes que la consagración de la locura en su cabeza; una locura aún dormida debido a la asistencia de un psiquiatra que poco hará para que ésta se mantenga sin efecto.

Advertimos además en la lectura del libro una muy cuidada dosificación del lenguaje y un compromiso del autor por contar con una prosa sencilla su historia sin incurrir al exceso de una poética angustiante para dar a conocer el aumento del desastre en la vida (aún joven) de un hombre con treinta guerras perdidas. Entre guiños, es posible encontrar cierto relajo de nuestro personaje para afrontar su discurso menos patético que lo esperado:

"Disfruto entonces, levemente borracho, el estómago jubiloso, el sexo relajado, cierro los ojos y empiezo a soñar despierto. Divago en un estado de extrema relajación mientras los codos de Adriana siguen frotando mis muslos y removiendo sus imperfecciones. Pienso que no necesito más que esa plenitud desconocida cuando escucho su voz suave pidiéndome que me ponga boca arriba. Obedezco sin decir nada". 

Austin, Texas, 1979 es, sin embargo, un testimonio sincero donde cada historia que se cuenta avasalla cualquier esperanza en sus actores. Aquí la presencia del fracaso es significativa. Un fracaso que se manifiesta en el deterioro de las relaciones que Pablo ensaya con las demás personas que pasan por su vida sin dejar en él más que pequeñas luces sin resplandor:

"Toda amistad de ese tipo tiene una grieta, dijo Adriana, una grieta que por muy pequeña que parezca resulta sin embargo suficiente para introducir un cincel que, bien manipulado, puede terminar destruyéndolo todo".

Es difícil para quien ensaya en una novela breve optar la óptica de la crisis sin incurrir a un tratamiento fatalista de los clichés usados en exceso por alguno de nuestros escribas, aquellos que derrochan cierto humor negro en relatos donde la frustración es el magma, o que delatan autocompasión en los renglones para buscar conmover al lector sin conseguirlo; y más bien llegan a agotarnos hasta odiarlos con justa razón. Francisco Ángeles no apela a eso; al contrario, su narración es un eco sincero y hasta a veces cálido de su relación con el mundo que lo acoge, y donde lo que se nos cuenta nos parece una historia en cuyas líneas se recrea una desesperanza coherente, sin ese pecado que es la plétora de la autoculpa. El personaje Pablo evidencia las marcas dejadas de ciertos vicios en su existencia después del hundimiento de un matrimonio y la sobrevivencia poco heroica de esta ruptura, y sus intentos por boquear en el naufragio para seguir viviendo a fuerza de manotazos, y esa historia personal que detenta en una solemne actitud de no silenciar su dolor ni tampoco gritarlo, no sin haber rozado el límite del fracaso.

Porque en inicio esta novela es el relato de un fracaso que sondea el ánimo del personaje, para quien los dolores más persistentes se materializan en los recuerdos que colman las páginas de su vida; un sujeto que no tiene consistencia en los pasos que da y más bien arrastra la sombra de sus taras que ni un congreso de psiquiatras podría desbaratar; un dolor que no se repite como un eco, sino que se volatiliza a través de su referencia paterna, o la pequeña victoria que significa para él la muerte de la mascota de la pareja; un dolor que no se esfuma ni siquiera con el sexo oral que recibe ni los litros de cerveza que se pega en un trago; un ánimo de ansiedades que parece no acabarse nunca y que más bien se acrecientan con el primer descanso y los fármacos que receta este psicoanalista cuyo pasado, en la medida que el tiempo es un viento que arrastra lo peor que despoja de un cuerpo que se corrompe, apesta. Esta es la narración de un narrador, para quien la letra entra con dolor y hasta con sacrificio:

"La sangre y la escritura
el temple suficiente para hacer un buen tajo
hay que desgarra la piel de raíz/ sin cerrar los ojos
después todo fluye".


Austin, Texas 1979 es un libro que plantea diversas lecturas sobre la vida de un hombre de edad aún joven pero con una oscuridad en la identidad que lo avejenta. Una novela arriesgada, donde se exige a los personajes a mantenerse en pie. Un engranaje que articula por un lado la historia del matrimonio descompuesto, y por otro la historia de un padre sin decisión en la mira ni en la nuca, además de la historia de amor del protagonista basada en adicciones no resueltas y el pasado errático del psicoanalista con una juventud apaleada por problemas similares a los suyos. Entre ellos, aunque no como un paréntesis, sino como una presencia bisagra, el conejo, un personaje cuyo fin cerrará el marco de esta estupenda novela de manera extraordinaria.

Luego de leer su primera y magnífica novela, Francisco Ángeles nos confirma con esta su segunda entrega que el tiempo es el mejor estilo y el más preparado de los maestros para un escritor. No corrige su primera entrega, sino que la consolida y nos anima a pensar que en él tenemos a uno de nuestros mejores escritores jóvenes.