domingo, 9 de noviembre de 2014

El infierno tiene quien le escriba


Este conjunto de relatos anticipa desde el título la intención poética de su autor y confirma su decidida vocación por imponer en su literatura esa exploración a los afectos más oscuros de sus personajes, hombres para quienes la tendencia al desarraigo y la soledad es un padecimiento cotidiano, y mujeres a los que esto parece importarle poco o nada. Los personajes de los cuentos que reúne El infierno está lleno de memoria (Kovak editores, 2014) renuncian a la obtención de alguna forma de felicidad, y es a través de esta crónica de la infelicidad, afectada por la poesía y el derrumbe anímico, que nos contará el duelo de un amor frustrado y la pérdida de la esperanza llevándolos a la ruina en la forma de un monólogo asistido por la angustia aunque también por algún motivo estético.

Los personajes de Charly Martínez Toledo (Lima, 1984) parecen engullidos por esa zozobra que ni los placeres de la calle ni la estimulación de sus acciones -aquellas que se reducen a esperar, soñar, odiar y, hasta acaso, a anticipar algún infortunio-, consiguen recomponer  su ánimo (por otro lado afligido por un oscuro recuerdo o una proyección nefasta que se manifiesta en su voz narrativa), y nos hace partícipe de sus dolores físicos como de sus pequeños goces. La rabia se apodera de ellos, la desilusión los amilana y la violencia por quebrantar esos dolores profundos e impuestos por alguna secreta insatisfacción, se manifiesta en la expulsión a gritos de sus padeceres habituales como de sus no menos gloriosas derrotas. El deseo por desterrar aquello que le impide la calma y el oxígeno a su cuerpo se expresa en la narración desde las primeras páginas a través de la declaración de su autor al confiarle al lector las fuertes referencias personales habidas en sus cuentos. Surge de pronto en éste la necesidad de ver en los protagonistas (todos hombres, casi todos artistas), la emergencia por imponer en su interior de una aptitud paciente para poder sobrevivir, una fuerza de voluntad sustraída de la realidad, como sucede en el autor de los cuentos, para quien la literatura significa el oxígeno de su existencia vivida en medio de importantes ruinas.

Así, Martínez Toledo ensaya el apogeo de ese dolor y el abandono inevitable de algunas de las pocas esperanzas con que cuentan sus personajes, no solo desde un deseo abandonado sino también desde un fracaso irrenunciable, instalado en algún recóndito deseo de los mismos, aunque en ellos se mantenga esa aspiración no lograda como es el amor de pareja o la felicidad aspirante de amar a una mujer que nos produzca felicidad antes que la constatación del infierno en la piel.

No obstante lo anterior, la prosa de Martínez se mantiene aquietada por la reflexión y alguna otra pequeña tregua a la asfixia cotidiana; una narración algunas veces exaltada, otras reposada, sin graves irrupciones, convertida en un afluente de lirismo que roza con la confesión devota por una imagen a cuyos pies le tributa sus más esenciales secretos.

Al contrario de lo que se pueda pensar, pese a la agria percepción en la existencia de sus protagonistas, sus cuentos conservan una frescura que nos remite a una literatura poética suscrita por el amor y la naturaleza melancólica de sus personajes, pues no todo es infierno en estas páginas (aunque sí se sostengan en la memoria). Ha sido una sorpresa encontrar en estos cuentos brevísimos alusiones a una confesión de parte como terapia para exorcizados.

Su autor, un hombre de libros y de calle, nos propone la alegoría del infierno como un lugar óptimo para quemar las velas y abandonar el remo, a sabiendas que eso estimula su obra. Ese infierno en el que la memoria, la nuestra, se mantiene despierta y aquel que aviva nuestra vocación al recuerdo. De ahí que eso de que el infierno tiene memoria ya lo había escrito Ray Loriga: "Es el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio."

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