Este
conjunto de relatos anticipa desde el título la intención poética de su autor y
confirma su decidida vocación por imponer en su literatura esa exploración a
los afectos más oscuros de sus personajes, hombres para quienes la tendencia al
desarraigo y la soledad es un padecimiento cotidiano, y mujeres a los que esto
parece importarle poco o nada. Los personajes de los cuentos que reúne El
infierno está lleno de memoria (Kovak editores, 2014) renuncian a la obtención
de alguna forma de felicidad, y es a través de esta crónica de la infelicidad,
afectada por la poesía y el derrumbe anímico, que nos contará el duelo de un
amor frustrado y la pérdida de la esperanza llevándolos a la ruina en la forma
de un monólogo asistido por la angustia aunque también por algún motivo
estético.
Los
personajes de Charly Martínez Toledo (Lima, 1984) parecen engullidos por esa
zozobra que ni los placeres de la calle ni la estimulación de sus acciones
-aquellas que se reducen a esperar, soñar, odiar y, hasta acaso, a anticipar
algún infortunio-, consiguen recomponer su ánimo (por otro lado afligido
por un oscuro recuerdo o una proyección nefasta que se manifiesta en su voz
narrativa), y nos hace partícipe de sus dolores físicos como de sus pequeños
goces. La rabia se apodera de ellos, la desilusión los amilana y la violencia
por quebrantar esos dolores profundos e impuestos por alguna secreta
insatisfacción, se manifiesta en la expulsión a gritos de sus padeceres habituales
como de sus no menos gloriosas derrotas. El deseo por desterrar aquello que le
impide la calma y el oxígeno a su cuerpo se expresa en la narración desde las
primeras páginas a través de la declaración de su autor al confiarle al lector
las fuertes referencias personales habidas en sus cuentos. Surge de pronto en
éste la necesidad de ver en los protagonistas (todos hombres, casi todos
artistas), la emergencia por imponer en su interior de una aptitud paciente
para poder sobrevivir, una fuerza de voluntad sustraída de la realidad, como
sucede en el autor de los cuentos, para quien la literatura significa el
oxígeno de su existencia vivida en medio de importantes ruinas.
Así, Martínez Toledo ensaya el apogeo de ese dolor y
el abandono inevitable de algunas de las pocas esperanzas con que cuentan sus
personajes, no solo desde un deseo abandonado sino también desde un fracaso
irrenunciable, instalado en algún recóndito deseo de los mismos,
aunque en ellos se mantenga esa aspiración no lograda como es el amor de pareja
o la felicidad aspirante de amar a una mujer que nos produzca felicidad antes
que la constatación del infierno en la piel.
No
obstante lo anterior, la prosa de Martínez se mantiene aquietada por la
reflexión y alguna otra pequeña tregua a la asfixia cotidiana; una narración
algunas veces exaltada, otras reposada, sin graves irrupciones, convertida en
un afluente de lirismo que roza con la confesión devota por una imagen a cuyos
pies le tributa sus más esenciales secretos.
Al
contrario de lo que se pueda pensar, pese a la agria percepción en la
existencia de sus protagonistas, sus cuentos conservan una frescura que nos
remite a una literatura poética suscrita por el amor y la naturaleza
melancólica de sus personajes, pues no todo es infierno en estas páginas
(aunque sí se sostengan en la memoria). Ha sido una sorpresa encontrar en estos
cuentos brevísimos alusiones a una confesión de parte como terapia para
exorcizados.
Su
autor, un hombre de libros y de calle, nos propone la alegoría del infierno
como un lugar óptimo para quemar las velas y abandonar el remo, a sabiendas que
eso estimula su obra. Ese infierno en el que la memoria, la nuestra, se
mantiene despierta y aquel que aviva nuestra vocación al recuerdo. De ahí que
eso de que el infierno tiene memoria ya lo había escrito Ray Loriga: "Es
el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio."

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