Carlos
de la Torre Paredes (Lima, 1988) inicia su novela Campos de batalla (Altazor,
2013) en un escenario doméstico, aunque más precisamente en una vivienda rural,
con elementos de la literatura fantástica y hasta del terror o el suspenso. El
guerrero Iván llega a la casa paterna en condiciones extrañas, pues su regreso
se da luego de que líneas atrás una voz misteriosa arrastrada por el viento
anunciara la fatídica noticia de su muerte a su anciana madre. Esta extraña
aparición en el inicio de la novela inyecta de suspenso al lector sin
desprenderse de él hasta la última página.
El
padre de Iván, gravemente enfermo, resiste sin dignidad a la muerte y encarna
la herida abierta de toda la novela a través de los quejidos de dolor que lanza
desde su cama de enfermo. A partir de aquí vemos que Iván se parece más a la
sombra de un hombre débil que a un guerrero maltrecho. Su madre asiste a su
esposo casi con una dedicación poco honesta, en medio de la oscuridad del
ambiente y las noticias nefastas que trae Iván de la batalla. En este
escenario, el personaje nos relata una historia que se sostiene en las matanzas
y otras violencias que depara la guerra, contribuyendo a interiorizar esa
sensación de espanto que genera en el lector los hechos narrados con una prosa
veloz mencionando (con no poca insistencia) las disputas, crímenes, muertes,
robos, violaciones, etc., que abundan en sus páginas.
Los
hechos descritos por el personaje nos devuelve a nuestra conciencia la gravedad
del peso de la guerra en conjunto, esa ambición por demorar la muerte
atribuyéndola en la carne del enemigo sin remordimiento alguno. Todo lo
anterior, en la voz del personaje, denota el poco ánimo que éste experimenta
por demostrar en el consuelo de su palabra el éxito de su escape de la muerte
y, más bien, transmite el duelo por tan dolorosa experiencia sufrida. La
narración no decae en ningún momento, ni aun cuando la exigencia a comprimir
los hechos le hubiera tentado a su autor a arriesgar la estructura lineal de
los mismos rompiendo abruptamente la velocidad de la prosa para desbaratar esa
forma tan paciente que su pluma ha conseguido, el de encarar el dolor de la
guerra en sus personajes que, por otro lado, parecen por momentos no temer a la
muerte que les ronda y más bien parecen sujetos indignamente a seguir
sobreviviendo sin la intención de hacerlo. El peso de la narración radica
justamente aquí, pues la narrativa rápida de Carlos de La Torre llega
atropellando vertiginosa en sus páginas finales sin forzar la narración.
Incluso el autor se permite algunas reflexiones que consideramos luminosas:
“Tal vez no sepan, pero una de las peores cosas de una batalla es el ruido (…)
ese ruido se hacía cada vez más personal, parecía que solo estaba en mi cabeza”
(pg. 23).
La
novela nos muestra estos dos espejos de un conflicto. Por un lado, la batalla
como escenario y acción, y por otro el trasfondo que nos dicta la prosa afilada
de Carlos para quien la batalla no es la capacidad de lucha por el éxito sino
el síntoma más grave de eliminar sin dudar al enemigo cuidándose las espaldas
para no perecer en el campo de batalla como una liebre en un entrenamiento de
galgos.
Por
todo esto, la guerra se resume como la inevitable pérdida de nuestras
identidades y solo sirve sobrevivir a ella tomando todo como perdido. La guerra
afianza la sensibilidad del egoísmo, del rencor y de la individualidad aún
cuando sobreviva el recuerdo de ésta en la piel y deba pesar, por el contrario,
la búsqueda de la felicidad como modelo optimista de reconciliación con la
existencia. Toda guerra contamina. Toda batalla sucede en un escenario íntimo
que encapsula el corazón del combatiente y enferma el alma del guerrero. Por
eso, si bien las guerras se sostienen del fragor y alguna oscura pasión del
guerrero, también puede volverlos esquizofrénicos y con apetito de apropiarse
de la soledad de la mano con la locura.
Cada
línea del relato nos transmite esa tensión del deterioro que asigna la realidad
de la muerte en los personajes mismos. Este libro nos demuestra que las
emociones nefastas de la batalla son resonantes en la vida de aquellos que se
involucraron con ella hasta impregnársele en las actitudes y, antes, en los pensamientos
un vigor nada saludable: la escasa valoración de amor al individuo y un cierto
adormecimiento en el ánimo del corazón.
Finalmente,
el lenguaje avanza sin pausas, rauda, vertiginosa, aunque en ella también
exista una tregua para la reflexión de aquello que menciona Carlos en su
novela: “Es difícil de explicar, pero me sentí más poderoso al pensar que ya no
tenía esperanza” (pg. 24). Esta sensación aparente de poder que genera la
ausencia de esperanza en un hombre para quien la lucha se reduce a un salpicón
de gente muerta a su alrededor y el recuerdo de sus padres a la distancia
(aunque con más voluntad criminal en sus hechos que en la lucha contra el mal
-Viorte-) decide su vocación de desesperanza. Por esto resulta sorprendente que
el talento de este joven autor en esta, su segunda novela, se manifieste sin
obstáculos y sin comprometer a su historia aún cuando parezca apiñada en pocas
páginas -78 pp. Esto demuestra la capacidad de buen oficio que se manifiesta en
su trabajo y sugiere su madurez literaria.
En
conclusión, lo que prevalece más allá de la historia misma, es el lenguaje y
los estupendos momentos que nos ha dejado la lectura de este libro de limpia
factura. Sobre lo demás, es necesario que el lector lo descubra por cuenta
propia. Solo me queda expresar mi alegría por esta extraordinaria pluma de uno
de nuestros escritores jóvenes más comprometidos con el género fantástico.
Carlos
de la Torre Paredes
Campos
de batalla
Lima,
Altazor, 2013


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