domingo, 30 de agosto de 2015

PADRE, HE AHÍ A TU HIJO


La poesía -cuando se trata de ausencias- siempre ha buscado honrar el recuerdo de la presencia física de la mujer, sea ésta la amada o la madre, convocar en sus versos la paulatina destrucción del ser metafísico a partir de su desamparo en el mundo, o ensayar la conversión al recuerdo de nuestra infancia como testimonio de la felicidad perdida. Pocos poetas han asumido la pérdida paterna como una síntesis del dolor global de un personaje o el origen de su crisis existencial, ahí donde se agrava el peso del mundo y se cuestiona la razón de la existencia; esa convulsión en el alma que se experimenta cuando se pierde a un ser querido lo mismo que una enfermedad dolorosa e incurable.
Y es que en esta vida maniatada por la educación masculina y la verticalidad de sus prácticas, el hombre siempre ha buscado preservar el imaginario dañoso del arquetipo convertido en estereotipo que representa la atadura de los géneros sexuales con la condición sexista de la sociedad. En el caso del género masculino, esa necesidad por resguardar su más característico atributo y en algún caso el provecho por devolver a su condición de macho la cualidad viril de su herencia, ha hecho que se insista en éste una conducta indócil, externamente impertérrito y con una férrea resistencia a caerse frente al duelo del dolor existencial y sus padecimientos con una falsa ecuanimidad en la emoción y un estereotipo asignado a su masculinidad, conservando el equilibrio ante los fracasos a partir de la muerte de algún ser querido, ya sea como padre o como hijo (en nuestra tradición poética lo vemos en la poesía de Abelardo Sánchez León, José Watanabe, Rodolfo Hinostroza, César Vallejo, entre otros). Aunque también se desprenda de esta intención una atadura a la insustituible presencia femenina de la madre y el deseo por amar a una mujer.
Retratos de mi padre
Sin embargo, se suele omitir el recuerdo de la felicidad que se ha experimentado con el padre, esa patria que muchos quieren oponer a la Matria de Sábato, quien resume en un texto conmovedor de Antes del fin la siempre estrecha relación que tenemos con nuestra madre antes que con nuestro padre, como si éste fuera injustamente asignado a un territorio de segundo plano detrás de la madre, en intención vindicativa por recuperar la presencia de la madre física con relación a nuestros orígenes, algo que algunos abyectos insisten en enfrentarlos desde una absurda tribuna de espectadores de ring.
Un caso paradigmático es el de Jorge Manrique, con ese poema que es un caudal de referencias sobre la prontitud de la muerte, el tiempo exiguo de la existencia, una corriente de río cuyo curso conduce a la finitud en un tránsito de pocas satisfacciones y demasiados sufrimientos, a través del recuerdo del ser protector y engendrador de vida, su padre.
Raúl Mendoza Cánepa ha escrito Retratos de mi padre (Calambur editores, 2014) con la intención de mantener vivo el recuerdo de su padre muerto y establecer un diálogo con él a través de estos poemas que son una apoteosis de su relación con él en vida y un momento cumbre del dolor testimonial en clave poética. En sus versos vemos desfilar los escenarios, los objetos físicos y ese manojo de tiempos que constituyen el telón de fondo de este universo que representa la ausencia física del padre. 
Poeta Raúl Mendoza Cánepa
Raúl Mendoza escribe sus versos con dolor en el pulso y nervio en los nudillos. Sin embargo no es un libro dramático ni un atado de sufrimientos. Si bien Mendoza Cánepa nos convierte en testigos de esa angustia atávica que siente por el deseo de volver a ver la figura paterna en el lugar donde en apariencia solo hay una mesa, una fotografía o una habitación, su narrativa apacible nos muestra la serenidad de un hijo que reclama sin gritar su designio como ser humano y su condición mortal. Su libro es esa apuesta por el recuerdo antes que por el olvido. Sus poemas son en realidad crónicas que describen la vida de un hijo que recuerda a su padre desde su temperamento poético; pero no un padecimiento del angustiado, sino del hombre, del hijo (que ahora es padre) que también sabe mirar hacia adelante recordando su pasado. Al leer sus páginas nos da la impresión que los poemas están escritos en la forma de un guión cinematográfico donde se suceden las imágenes y los recuerdos hasta suspenderse en nuestra retina como fotografías recién reveladas capturadas por el tiempo y recuperadas del olvido, pues tienen como objetivo relatar las experiencias y los sentimientos que atraviesan el alma del poeta. En conjunto estos poemas son el álbum de retratos de los años perdidos y los seres querido desaparecidos.
El lector sabrá identificar el autor de los versos con el personaje que escribe. Una misma persona, un mismo sentimiento. El poeta es el que escribe y es el hijo el que recuerda. Un manojo de recuerdos transversalmente heridos por la ausencia del padre en su vida. Pero no para dolerse tanto, sino para agradecer también a la vida por el padre que le ha tocado y a quien recuerda con inmenso amor.

Una lámina húmeda
    perfila la silueta de un hombre:
  Volkswagen blanco
En la acera de enfrente,
Como todos los días
Asoma para recogerme y marchar…

Padre, hoy he descubierto la mortalidad.
La neblinosa Lima cubre
    el sinuoso paso de los espectros,

                    y yo he ordenado tu casa.