Pocas novelas de nuestro tiempo como Austin, Texas 1979
(Animal de invierno, 2014), nos cuenta de manera efectiva la sensación de
desplome que experimenta un hombre en medio de una crisis existencial, y
contada con el riesgo que asumen pocos de nuestros escritores componiendo una
novela cuya complejidad reside en la disposición de los textos y en su
propuesta verbal, fluida y bien elaborada, pues la novela traza una secuencia
de historias atroces con presencias dispuestas al padecimiento contada con
párrafos muy bien construidos y articulada por una estructura que no solo es
funcional al equilibrio del libro, sino que lo sustenta. La misma que nos
permite a los lectores orientar la lectura hacia el eje de la historia.
Francisco Ángeles (Lima, 1977) nos presenta una novela breve dividida en tres
partes, cada una de las cuales apunta a una historia que en conjunto revela una
representación dramática del universo de los personajes, sobre todo el de
Pablo, joven escritor para quien el entusiasmo de un futuro es un asunto
pendiente, y más un deseo perentorio que un objetivo cercano:
"Quizá pensaba en esa esquiva idea de futuro que tiene la gente a partir
de cierta edad, en el futuro como un espacio aparentemente cerrado,
aparentemente impenetrable, al que se mira sin embargo con cierta esperanza,
buscándole una grieta, un resquicio por el cual meter la mano, arañar con el
dedo, atisbar un poco el interior".
Desde el inicio, reconocemos la voz del narrador proponiéndonos entre líneas
ser sus cómplices para contarnos su drama conyugal y el sufrimiento que esto le
ocasiona, desplome que lo lleva a tratarse con un psiquiatra para resolver sus
desequilibrios anímicos:
"El invierno de 2007, unos meses después de separarme de
Emilia, empecé a ir al psiquiatra. No sería preciso decir que la separación fue
el origen de mis problemas, en todo caso no la separación por sí misma, sino
que no conseguía acostumbrarme a la ausencia de una persona que compartiera
conmigo el fracaso que, a partir de cierto momento, dominaba mi
vida".
Aquí el autor nos demuestra su dominio de sus propios recursos expresivos al
maniobrar con acierto los elementos estilísticos de una novela, sin dejarse
vencer por la trama, pues aun cuando ésta contenga referencias ligeramente
políticas (como en la segunda parte del libro), o aquellas que tienen graves
referencias a la depresión del personaje, el hilo de la narración nunca se
ajusta a ningún tipo de denuncia ni siquiera para recibir una "palmada de
hombro" del lector, ese estilo autocompasivo usado por muchos autores, y
que no se advierte en el lenguaje de los personajes, ni en la voz del narrador
en primera persona o la del padre en la segunda, menos en la evocación doliente
del primero por rememorar un pasado que recorre casi todo el libro como un
aliento áspero y asfixiante sin que éste se agote o decaiga en ningún momento.
Así, el personaje Pablo nos confía su historia sin manipularla a su favor; no
intenta sustraer de su discurso la sinceridad con el propósito de conmoverse de
sí mismo para forzar nuestro ánimo. Francisco posee una voz veraz que presta a
su personaje para que éste destaje de manera sencilla y suelta los nudos de una
vida aquejada por el abandono amoroso y la inexistencia de alguna propuesta que
le depare algún éxito de superación en el futuro antes que la consagración de
la locura en su cabeza; una locura aún dormida debido a la asistencia de un
psiquiatra que poco hará para que ésta se mantenga sin efecto.
Advertimos además en la lectura del libro una muy cuidada dosificación del
lenguaje y un compromiso del autor por contar con una prosa sencilla su
historia sin incurrir al exceso de una poética angustiante para dar a conocer
el aumento del desastre en la vida (aún joven) de un hombre con treinta guerras
perdidas. Entre guiños, es posible encontrar cierto relajo de nuestro personaje
para afrontar su discurso menos patético que lo esperado:
"Disfruto entonces, levemente borracho, el estómago jubiloso, el sexo
relajado, cierro los ojos y empiezo a soñar despierto. Divago en un estado de
extrema relajación mientras los codos de Adriana siguen frotando mis muslos y
removiendo sus imperfecciones. Pienso que no necesito más que esa plenitud
desconocida cuando escucho su voz suave pidiéndome que me ponga boca arriba.
Obedezco sin decir nada".
Austin, Texas, 1979 es, sin embargo, un testimonio sincero
donde cada historia que se cuenta avasalla cualquier esperanza en sus actores.
Aquí la presencia del fracaso es significativa. Un fracaso que se manifiesta en
el deterioro de las relaciones que Pablo ensaya con las demás personas que
pasan por su vida sin dejar en él más que pequeñas luces sin resplandor:
"Toda amistad de ese tipo tiene una grieta, dijo Adriana, una grieta que
por muy pequeña que parezca resulta sin embargo suficiente para introducir un
cincel que, bien manipulado, puede terminar destruyéndolo todo".
Es difícil para quien ensaya en una novela breve optar la óptica de la crisis
sin incurrir a un tratamiento fatalista de los clichés usados en exceso por
alguno de nuestros escribas, aquellos que derrochan cierto humor negro en
relatos donde la frustración es el magma, o que delatan autocompasión en los
renglones para buscar conmover al lector sin conseguirlo; y más bien llegan a
agotarnos hasta odiarlos con justa razón. Francisco Ángeles no apela a eso; al
contrario, su narración es un eco sincero y hasta a veces cálido de su relación
con el mundo que lo acoge, y donde lo que se nos cuenta nos parece una historia
en cuyas líneas se recrea una desesperanza coherente, sin ese pecado que es la
plétora de la autoculpa. El personaje Pablo evidencia las marcas dejadas de
ciertos vicios en su existencia después del hundimiento de un matrimonio y la
sobrevivencia poco heroica de esta ruptura, y sus intentos por boquear en el
naufragio para seguir viviendo a fuerza de manotazos, y esa historia personal
que detenta en una solemne actitud de no silenciar su dolor ni tampoco gritarlo,
no sin haber rozado el límite del fracaso.
Porque en inicio esta novela es el relato de un fracaso que sondea el ánimo del
personaje, para quien los dolores más persistentes se materializan en los
recuerdos que colman las páginas de su vida; un sujeto que no tiene
consistencia en los pasos que da y más bien arrastra la sombra de sus taras que
ni un congreso de psiquiatras podría desbaratar; un dolor que no se repite como
un eco, sino que se volatiliza a través de su referencia paterna, o la pequeña victoria
que significa para él la muerte de la mascota de la pareja; un dolor que no se
esfuma ni siquiera con el sexo oral que recibe ni los litros de cerveza que se
pega en un trago; un ánimo de ansiedades que parece no acabarse nunca y que más
bien se acrecientan con el primer descanso y los fármacos que receta este
psicoanalista cuyo pasado, en la medida que el tiempo es un viento que arrastra
lo peor que despoja de un cuerpo que se corrompe, apesta. Esta es la narración
de un narrador, para quien la letra entra con dolor y hasta con sacrificio:
"La sangre y la escritura
el temple suficiente para hacer un buen tajo
hay que desgarra la piel de raíz/ sin cerrar los ojos
después todo fluye".
Austin, Texas 1979 es un libro que plantea diversas lecturas
sobre la vida de un hombre de edad aún joven pero con una oscuridad en la
identidad que lo avejenta. Una novela arriesgada, donde se exige a los
personajes a mantenerse en pie. Un engranaje que articula por un lado la
historia del matrimonio descompuesto, y por otro la historia de un padre sin
decisión en la mira ni en la nuca, además de la historia de amor del
protagonista basada en adicciones no resueltas y el pasado errático del
psicoanalista con una juventud apaleada por problemas similares a los suyos. Entre
ellos, aunque no como un paréntesis, sino como una presencia bisagra, el
conejo, un personaje cuyo fin cerrará el marco de esta estupenda novela de
manera extraordinaria.
Luego de leer su primera y magnífica novela, Francisco Ángeles nos confirma con
esta su segunda entrega que el tiempo es el mejor estilo y el más preparado de
los maestros para un escritor. No corrige su primera entrega, sino que la
consolida y nos anima a pensar que en él tenemos a uno de nuestros mejores
escritores jóvenes.