Jennifer Thorndike (Lima, 1983) nos conduce por una historia cuyo interés reside en el desasosiego y el la nula esperanza que abarca la narración hasta desbordar en el ánimo del lector.
A través del relato que nos ofrece su
protagonista, la novela nos remite al síntoma enfermo de un hipocondriaco, pues
el universo de la casa donde ésta vive, parece inundando de otras enfermedades
que irrumpen en la condición anímica de la mujer y la obligan a manifestar su
dolor. Esta historia (en apariencia reducida a dos mujeres), sufre la
alteración de los sentimientos, y es aquí donde se contaminan los afectos,
signada además por un desenlace estremecedor: no hay pasado que se olvide, sino
que éste se reconstruye hasta contaminar el presente.
La fragmentación del relato se vincula a esa
relación fracturada entre madre e hija; en este caso una mujer para quien los
atributos más próximos que puede encontrar en su madre es esa enfermedad que, a
pesar de las consecuencias nefastas que le produce (como sus neurosis y sus
arrebatos insanos) parece vitalizar su existencia, ya que la vejez que arquea
su vida se le va de las manos hasta rozar dolorosamente el siglo, muy a pesar
de la protagonista que no es precisamente una jovencita (tiene más de sesenta
años). Frente a esta muerte tan anhelada, la hija ve demorar lentamente su vida
subyugada por el sufrimiento y la nula esperanza de acariciar por fin la calma
de una existencia pugnada por la violencia y la rabia de tener una progenitora
con más demonios en la cabeza que virtudes en los gestos. La novela relata esa
relación difícil aquejada también por los miedos de quien nos cuenta su
historia, y que se manifiesta en cada capítulo remitiéndonos a sentimientos
nocivos como el odio, el resentimiento y esa suerte de maldición que lanza su
protagonista entre líneas.
En alguna entrevista su autora confesó que cada vez
que culminaba la redacción de cada capítulo, terminaba exhausta. Lo mismo
experimenta el lector, pues hay una sensación de dolor, de agotamiento, de una
obsesiva impresión de que el infierno brota de sus páginas como una humareda
rancia hasta quitarnos el oxígeno. La narración está cargada por esa sensación
de malestar, de insolencia, de rabia, además de una certeza de que la vida
podría ser mejor si la anciana enferma se va al infierno de una buena vez. La
huida del hermano de casa, además, vendría acompañada de la sevicia en el trato
que la madre impone a su hija para hacerla pagar una culpa que le atribuye
gratuitamente. En suma, una familia descompuesta, retorcida, donde lo que
destaca es la aspiración de la hija a que su madre se muera, y de ésta de
devolver un daño a sus hijos haciéndoles padecer el sufrimiento que la domina.
Así, ambos, criaturas del dolor contemporáneo, usando una frase de Ricardo Vírhuez,
se convertirán en herederos del dolor y víctimas heroicas de sus
delirios.
La madre desbarata todo intento de su hija por
cobrar un esfuerzo para la superación de sus miedos a partir de sus intentos de
fuga. Sin embargo ella, la madre, se llevará consigo la paz definitiva de una
guerra absurda, como si arrancara un geranio de una maceta. Al final el último
héroe vivo, acaso, sea el lector quien sobrevive a esta novela genial escrita
con un dolor poderoso como contundente. Esta novela se quedará entre nosotros
para alojarse en nuestra memoria como una presencia física punzante como
invasiva.

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