Por: Juan Ochoa López (Escritor)
Saludo la aparición de este
excelente libro de cuentos del escritor Ronald Arquíñigo Vidal, RESTOS DE UN NAUFRAGIO de Editorial Summa.
Ronald dice que esta compilación de historias las ha rescatado cuando
naufragaban en el olvido. A estos cuentos él salvó (lo que significa que a
muchos otros, con sangre fría, dejó morir). Por eso, quizá, este logrado libro alcanza
esplendores narrativos ya que el mismo autor reconoce en ellos su propia voz
describiendo a esos seres marginales, escorias, desadaptados sociales, suicidas
y demás yerbas que pueblan su singular universo. Ronald logra, a través del
infierno dantesco de sus historias, ascender a lo que yo llamo la sublimación
de la barbarie. Hallar ternura en el oprobio, encontrar espiritualidad en lo
sádico, o hasta, como afirmaba Sacher Masoch, deleite en el dolor.
Ronald no traiciona su propio estilo, no imita
a nadie en sus cuentos, él escribe cual auténtico noctívago, encerrado y
asfixiado (como la mayoría de sus personajes), entre las paredes opresivas de
un paisaje abrumador que ustedes van a conocer y experimentar en este libro.
Ronald ha dividido estas historias breves en cinco segmentos: Los virtuosos,
necrológicas, los desafectos, los enfermos crónicos, y finalmente, Miscelánea. Sin
embargo, esta división no difumina la esencia central del texto. En este libro
hay una dolorosa unidad literaria y descriptiva y, como ocurre como todos los
narradores del cuento policial, un estilo tanático que requiere,
definitivamente, a un lector que sepa leer bien. Y por qué ocurre este
fenómeno. Porque la prosa de Ronald busca incesantemente la belleza trágica, radiografiando
todas las complejidades del hombre. No es un proceso fácil. Hay que saber
leerlo y entender ese acercamiento que él, realiza, cotidianamente, a los
paisajes más sórdidos del mundo. Me hace recordar lo que decía el dramaturgo
belga Maurice Materlinck, que “no hay vidas pequeñas. Si las sabemos mirar,
toda vida es grande”.
Siguiendo ese
postulado, Ronald sabe mirar muy bien a los desheredados, a los infelices, a
los solitarios, pero también escribe sobre los grandes. En el primer cuento
describe al poeta chino Lai Po que por apropiarse de la luminosidad de la luna
decidió ahogarse en el reflejo que el astro nocturno proyectaba sobre el agua;
luego habla del miedo de Mahler a que el amor se le vaya; después sobre el amor
frustrado de un poeta en una urbe que él llama la ciudad de los dolores
anímicos. Arquíñigo hace que el
detective Philip Marlowe, el clásico héroe de Raymond Chandler, venga a vivir
al centro de una Lima prostituida. También inventa la muerte pública de Darwin
y de Teilhard de Chardin mientras que a Emil Cioran lo presenta como hombre embaucado
y desilusionado. Hasta saca un conejo de su galera presentando un jinete sin
cabeza que mata ancianos o las mujeres infieles que mueren asesinadas en algún
bar por sus vengativos amantes.
Por todo ello, saludo la aparición de, en mi
opinión, el más logrado de los libros escritos por Ronald Arquïñigo, respetando
sus otras obras: “Restos de un naufragio” se llama.

