viernes, 19 de agosto de 2016

RESTOS DE UN NAUFRAGIO

Por: Juan Ochoa López (Escritor)

Saludo la aparición de este excelente libro de cuentos del escritor Ronald Arquíñigo Vidal,  RESTOS DE UN NAUFRAGIO de Editorial Summa. Ronald dice que esta compilación de historias las ha rescatado cuando naufragaban en el olvido. A estos cuentos él salvó (lo que significa que a muchos otros, con sangre fría, dejó morir). Por eso, quizá, este logrado libro alcanza esplendores narrativos ya que el mismo autor reconoce en ellos su propia voz describiendo a esos seres marginales, escorias, desadaptados sociales, suicidas y demás yerbas que pueblan su singular universo. Ronald logra, a través del infierno dantesco de sus historias, ascender a lo que yo llamo la sublimación de la barbarie. Hallar ternura en el oprobio, encontrar espiritualidad en lo sádico, o hasta, como afirmaba Sacher Masoch, deleite en el dolor.


Ronald no traiciona su propio estilo, no imita a nadie en sus cuentos, él escribe cual auténtico noctívago, encerrado y asfixiado (como la mayoría de sus personajes), entre las paredes opresivas de un paisaje abrumador que ustedes van a conocer y experimentar en este libro. Ronald ha dividido estas historias breves en cinco segmentos: Los virtuosos, necrológicas, los desafectos, los enfermos crónicos, y finalmente, Miscelánea. Sin embargo, esta división no difumina la esencia central del texto. En este libro hay una dolorosa unidad literaria y descriptiva y, como ocurre como todos los narradores del cuento policial, un estilo tanático que requiere, definitivamente, a un lector que sepa leer bien. Y por qué ocurre este fenómeno. Porque la prosa de Ronald busca incesantemente la belleza trágica, radiografiando todas las complejidades del hombre. No es un proceso fácil. Hay que saber leerlo y entender ese acercamiento que él, realiza, cotidianamente, a los paisajes más sórdidos del mundo. Me hace recordar lo que decía el dramaturgo belga Maurice Materlinck, que “no hay vidas pequeñas. Si las sabemos mirar, toda vida es grande”.


Siguiendo ese postulado, Ronald sabe mirar muy bien a los desheredados, a los infelices, a los solitarios, pero también escribe sobre los grandes. En el primer cuento describe al poeta chino Lai Po que por apropiarse de la luminosidad de la luna decidió ahogarse en el reflejo que el astro nocturno proyectaba sobre el agua; luego habla del miedo de Mahler a que el amor se le vaya; después sobre el amor frustrado de un poeta en una urbe que él llama la ciudad de los dolores anímicos. Arquíñigo hace que el detective Philip Marlowe, el clásico héroe de Raymond Chandler, venga a vivir al centro de una Lima prostituida. También inventa la muerte pública de Darwin y de Teilhard de Chardin  mientras que a  Emil Cioran lo presenta como hombre embaucado y desilusionado. Hasta saca un conejo de su galera presentando un jinete sin cabeza que mata ancianos o las mujeres infieles que mueren asesinadas en algún bar por sus vengativos amantes. 

Por todo ello, saludo la aparición de, en mi opinión, el más logrado de los libros escritos por Ronald Arquïñigo, respetando sus otras obras: “Restos de un naufragio” se llama. 

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