Por Raúl Mendoza Cánepa

Leer Cada uno con su infierno (editorial Summa), de Ronald Arquíñigo Vidal, es una oportunidad para deleitarse con la buena prosa, pero también con la intensidad de once historias que nos envuelven y nos llaman a seguir leyendo.
LOS ONCE

Son once cuentos de buena factura que nos ubican en escenarios de soledad y muerte, de ese infierno que Arquíñigo nos adelanta con habilidad narrativa. Un narrador omnisciente nos permite viajar por el interior de los sentimientos de los personajes, seres flagelados que luchan con su propio desasosiego. Pablo De Santis comenta sobre esta obra que dos escenarios confluyen en esta hilera de cuentos: la Lima nocturna y la habitación donde la soledad aguarda.
Pero la soledad invade todas las penumbras de la urbe y el alma de los artistas y de los hombres comunes que constituyen las diversas tramas de este libro. Una característica interesante es el juego de expectativas generadas en el lector desde el primer relato (Muerte súbita). “El enano empuñó el arma, lo repasó por su cuello húmedo, odiando, con ganas de irse al carajo, y tragó saliva, poseído por un fuerte convencimiento de que ya no había marcha atrás, y por eso sonrió, aunque tristemente. Adriana no se burlaría más de él. Ni ella ni su estúpido nuevo novio…”. 
Más adelante la narración nos ubica en un acto cuyo desenlace el lector busca conocer de antemano. “Sonrió satisfecho por su decisión. Ahora se iba acercando a su destino, caminando con prisa, mordiéndose nerviosamente los labios. Mientras miraba a ambos lados de la calle, procurando la soledad de su acto, imaginaba el cañón de su pistola escupiendo el fogonazo…”
El desamor, como la soledad, es una constante, como lo es la muerte y el relato sobrecogedor que logra momentos cumbres debido a una prosa no solo bien hilvanada y sin ruido, sino también cuidadosamente construida. Un cuento que llama a la relectura es “Bajo la luna saben también descansar los muertos”. En esta historia, la putrefacción progresa como una victoria y una reivindicación para el observador personaje. Como en los once cuentos, el lenguaje nos ubica frente a un escritor que, pese a sus jóvenes años, se muestra como un escritor leído y maduro. “LA LUNA DELINEABA UNA FIGURA de árboles famélicos en el tapizado de cuero del sofá, y desde la ventana, su luz se replegaba hasta el escritorio como una leche volcada con furia. Sobre él había un cenicero lleno de colillas y cigarros destrozados, unos diarios deportivos y un pelotón de papeles. Las dos cartas de Mariette estaban junto a unas fotografías, quemadas por un cigarro…”
Las prolijas frases complementan una sucesión de eventos que describen con fidelidad la pasión del protagonista a través de la descripción de los hechos: “No obstante, para Boris el asunto de esperar se reducía a confirmar, con esa estúpida ambición de ser testigo de su muerte, a que el cuerpo de la mujer que él creía haber amado —ahora tan ajeno a él— empezara a arrojar un olor a carne ganada por los gusanos, para decidir que ningún otro hombre la haría suya después de esto. Eso era el cadáver de la mujer: la cochina minucia de una relación que no funcionó...”. La descomposición como correlato del resentimiento termina por ganarnos.
Los solitarios personajes son luchadores permanentes, pero a la vez seres infinitamente derrotados. Se siente la desazón de ese desamor que los captura y que los torna, finalmente, en cómplices de la muerte. El infierno es terrenal, al parecer no debemos esperarlo en otra parte; y los relatos, cada uno de ellos, confirma la certeza del título, cada uno con su propio infierno. El lector asiste desde su remota seguridad de testigo a una consecución de historias que lo tendrán en vilo mientras lee, que lo tentarán a avanzar hasta el final de cada relato para “saber”, que no lo soltarán aún después de culminada su lectura. Una de las virtudes de los cuentos de Arquíñigo es, pues, la creación de un misterio cautivador y de un clima que nos sitúa en la escena como si percibiéramos de cerca la intensidad de su desarrollo.
En el cuento “La sensación del miedo”, la crispación de la protagonista es la nuestra. El cautiverio de su pesadilla nos sofoca. Arquíñigo demuestra que sabe calar en la emoción del lector y fabricar una empatía que hace que estas historias sean memorables: “Vio su corsé doblado sobre las baldosas lustrosas, en la puerta; sus tacos bajo la cama. ‘No puede ser, y sin embargo todo encaja; es como si realmente estuviera muerta’, se dijo sollozando. Sus dedos se hundieron entre sus muslos pálidos hasta recorrer su vientre, y por último desaparecieron en su sexo, sintiendo a la vez cómo sus ojos se nublaban. Pero no sentía placer alguno. Al contrario, un dolor vivo le golpeaba la cabeza...”
Con “El anciano del bandoneón” nos acercamos a una sombra viviente y anónima que apenas nos toca con el oído y la mirada. Con honestidad lectora, Arquíñigo nuevamente nos sorprende y nos convoca a seguirlo en sus libros futuros, pues encontramos en su literatura una realización temprana más que una potencia por desentrañar. Su narrativa es lograda y cuaja rápido con descripciones precisas e impactantes. El escritor con anteojos del último relato nos es familiar, como familiar nos resulta la imagen que construye del viejo del bandoneón, un ser decrepito que como en el conjunto, está marcado por el sello de la descomposición y por el hedor de los cadáveres, de un extraño cadáver viviente que nos observa con misterio. Lima o Buenos Aires, poco importa, la soledad, la muerte, la angustia son espectros ubicuos que nos recorren y nos ahogan. “Es un Piazzola, piensa el escritor: evocación triste de otoño en San Telmo; niebla que transita amargamente en la ciudad, una lejana brisa que se impulsa y espía la tristeza que lo agobia desde algún rincón de su cuarto, donde habita obstinadamente con sus sueños de escritor melancólico…”