martes, 14 de abril de 2015

LOS APUNTES DESDE OCCIDENTE DE HAROLD ALVA

Las vértebras que conforman este libro se miden por la postura de su autor, un hombre para quien el deseo por una mujer no es una mera abstracción, sino una emoción distinta, en este caso física, material, pues está construida a partir de derrumbes constantes, desplomes sucesivos, duelos agresivos y exploraciones anímicas hacia ese muladar que existe dentro de nuestro Ser que es a donde se desintegran los restos de nuestra alma hasta convertirlos en un montículo de desperdicios, todo por obra y gracia de una mujer. O de una ciudad.
   Ciudad Desierta es un libro escrito por esa condición ensimismada, solitaria que acusa el personaje a través de sus versos, y cuya defensa por su desamparo parece desestabilizarse cuando, frente a él se cruza la sombra de otro hombre o el acecho de un cuervo en el cielo amenazando con destruir su soledad, esa soledad edificada desde la memoria de una mujer sobre la explanada de una ciudad desierta donde acaso no existe esa esperanza que vivifique su intención de lucha. Una condición que se constituye, a su vez que se nutre, de un dolor amargo que anida en su corazón, y será solo productiva mientras éste se convierta en poesía, la misma que produce en el lector esas ganas irresistibles de ir tras él para decirle que el amor, así como es triste, también es excusa para escribir buenos versos, como los que hay en este libro. 

Poeta Harold Alva

No sé si el personaje existe, no sé si el hombre de este libro es solo una ficción que se diluye una vez que se cierra el libro, pero, indudablemente, el autor sí existe, y está aquí, con nosotros, y es a él que podemos decirle que sí, pues, el amor es triste, pero eso importa cuando los buenos versos están en el papel a sabiendas de que la soledad está esperándonos nada menos que para ir con ella a donde ni los hombres ni los cuervos puedan llegar, un abismo quizá, el margen de un precipicio, el vacío al filo de un puente lo bastante alto como para mirar desde arriba a la muerte que nos espera en el pavimento, o bajo los estertores de la madrugada en un malecón a oscuras, pero no para tentar la caída final con una sentencia fatal, sino paradójicamente, para desde arriba, allí en donde se contempla el vacío, dejarnos golpear por el viento que flagela nuestro ser hasta hacernos reaccionar diciéndonos que nuestra miríada de penas no es más fuerte que uno, y que la vida no debe ser tan triste como el amor.
   Estos apuntes son un testimonio en tiempo de poema, una denuncia desde las tribulaciones de un poeta al cielo de su ciudad y al abismo que la mira desde abajo para reclamarle algo que el desamparo de Lima y la lejanía de su mujer le generan. En sus páginas vemos desfilar el amor representado en esa marea de la soledad que transita el río de la melancolía donde acaso el único puente que existe, y que le permita la llegada al otro frente, desde un ánimo al otro, es esa balsa sólida que enfrenta las embates y batientes, que es el libro, esta serie de notas escritas por un hombre melancólico que escribe al borde del despeñadero, y se declara rendido por los recuerdos y vencido por la noche solitaria únicamente atiborrada de edificios, postes de luz, la niebla del mar, el tráfico y la oscuridad, aunque acompañado por su misma soledad, allí donde sus manos escriben este discurso de la aislamiento y la incomunicación y a partir de la distancia angustiante que aplasta sus huesos. 

Foto: Hugo Paviot, desde París.
Harold Alva es un poeta que ha sabido ofrecernos una poética de nuestra ciudad y de nuestras emociones a partir de un discurso donde no se guarda ninguna de esas imágenes con las que los dementes y los solitarios incorregibles se sienten identificados, y es a partir de aquí que nos entrega un diálogo no menos concesivo con nuestras emociones, un diálogo donde el lenguaje mismo se percibe infectado de la angustia aunque también, por qué no, por la esperanza de la salvación a través de la presencia física de esa mujer que nos apabulla con su ausencia y nos nutre con su distancia. No es gratuito, pues, que quien nos escribe, su hacedor, lo hace para que le acompañemos, para que se redoblen nuestras soledades, la suya y la nuestra, para que la ciudad se mantenga desierta, en este caso un hombre que es a su vez la lluvia, que es a su vez la niebla y es el agua sobre el cual rige la luz de un fanal lejano representada por la mujer que ama. Mientras ésta, su remitente, una joven de rasgos orientales y apariencia de agua quieta y radiante, depositaria de estas anotaciones de occidente, es una mujer que representa el relámpago que atraviesa la oscuridad que nada en cada verso de este libro. Harold Alva no es un poeta de dudas, no es un poeta que especula, sí es un poeta con más decisión en el momento que le toca recordar, pues sus deseos, sus ansiedades, están sujetos a la memoria, convirtiendo a nuestro poeta en el Hacedor de la memoria, esa materia que nos define como seres humanos. Por eso hago mías las palabras de Ray Loriga para sintetizar lo que es este libro: "Ella es un ejército y yo soy un hombre desarmado."