Las
vértebras que conforman este libro se miden por la postura de su autor, un
hombre para quien el deseo por una mujer no es una mera abstracción, sino una
emoción distinta, en este caso física, material, pues está construida a partir
de derrumbes constantes, desplomes sucesivos, duelos agresivos y exploraciones
anímicas hacia ese muladar que existe dentro de nuestro Ser que es a donde se
desintegran los restos de nuestra alma hasta convertirlos en un montículo de
desperdicios, todo por obra y gracia de una mujer. O de una ciudad.
Ciudad Desierta es un libro escrito por esa condición
ensimismada, solitaria que acusa el personaje a través de sus versos, y cuya
defensa por su desamparo parece desestabilizarse cuando, frente a él se cruza
la sombra de otro hombre o el acecho de un cuervo en el cielo amenazando con
destruir su soledad, esa soledad edificada desde la memoria de una mujer sobre
la explanada de una ciudad desierta donde acaso no existe esa esperanza que
vivifique su intención de lucha. Una condición que se constituye, a su vez que
se nutre, de un dolor amargo que anida en su corazón, y será solo productiva
mientras éste se convierta en poesía, la misma que produce en el lector esas
ganas irresistibles de ir tras él para decirle que el amor, así como es triste,
también es excusa para escribir buenos versos, como los que hay en este libro.
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| Poeta Harold Alva |
No
sé si el personaje existe, no sé si el hombre de este libro es solo una ficción
que se diluye una vez que se cierra el libro, pero, indudablemente, el autor sí
existe, y está aquí, con nosotros, y es a él que podemos decirle que sí, pues, el
amor es triste, pero eso importa cuando los buenos versos están en el papel a
sabiendas de que la soledad está esperándonos nada menos que para ir con ella a
donde ni los hombres ni los cuervos puedan llegar, un abismo quizá, el margen
de un precipicio, el vacío al filo de un puente lo bastante alto como para mirar
desde arriba a la muerte que nos espera en el pavimento, o bajo los estertores
de la madrugada en un malecón a oscuras, pero no para tentar la caída final con
una sentencia fatal, sino paradójicamente, para desde arriba, allí en donde se
contempla el vacío, dejarnos golpear por el viento que flagela nuestro ser
hasta hacernos reaccionar diciéndonos que nuestra miríada de penas no es más
fuerte que uno, y que la vida no debe ser tan triste como el amor.
Estos apuntes son un testimonio en tiempo de
poema, una denuncia desde las tribulaciones de un poeta al cielo de su ciudad y
al abismo que la mira desde abajo para reclamarle algo que el desamparo de Lima
y la lejanía de su mujer le generan. En sus páginas vemos desfilar el amor
representado en esa marea de la soledad que transita el río de la melancolía
donde acaso el único puente que existe, y que le permita la llegada al otro
frente, desde un ánimo al otro, es esa balsa sólida que enfrenta las embates y
batientes, que es el libro, esta serie de notas escritas por un hombre
melancólico que escribe al borde del despeñadero, y se declara rendido por los
recuerdos y vencido por la noche solitaria únicamente atiborrada de edificios,
postes de luz, la niebla del mar, el tráfico y la oscuridad, aunque acompañado
por su misma soledad, allí donde sus manos escriben este discurso de la aislamiento
y la incomunicación y a partir de la distancia angustiante que aplasta sus
huesos.
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| Foto: Hugo Paviot, desde París. |


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